domingo, 15 de febrero de 2009

ONCE DÍAS DE INFARTO IV

Ya ha pasado ese día en que, algunos enamorados celebran estarlo, otros se lamentan de lo mismo, los menos nos alegramos de lo que nos ahorramos, y las tiendas disfrutan, como cada año y a pesar de la crisis, de todo este tinglado. En vista de que, personalmente, siempre he disfrutado más de Ballantine que de Valentín, y los únicos santos en los que creo son los pequeños empresarios autónomos, yo pasé tan excelsa fecha para la vanidad, de bar en bar con un par de amigas. Naturalmente, me he levantado aguantando los gritos de mi conciencia, que no deja de recordarme mis once días de infarto, así que, a modo de penitencia, he decidido empezar el domingo publicando la cuarta parte de mi experiencia hospitalaria.

Parte 4ª
Cuando vemos pasar una ambulancia, no imaginamos la experiencia de batidora por la que pasa el paciente que la ocupa. Paciente es una de esas palabras bien empleadas, en un mundo lleno de palabras inventadas por nosotros, para nombrar conceptos que no entendemos: vida, muerte, tiempo, crecimiento negativo… Yo antes, por ejemplo, no entendía muy bien eso de la moda, ni siquiera entendía porqué no entendía eso de la moda. Sigo sin entenderlo, pero me da igual porque, eso de la moda… debe ser algo insoportablemente aburrido si tienen que cambiarla cada tres meses. Tampoco entiendo muy bien lo del cateterismo, pero si sé que, si esta ambulancia me sigue agitando así, no van a necesitar un catéter para ver mi interior ¡Paciente! ¡Que gran palabra! Una de las mejor inventadas y de las pocas que solemos utilizar bien: nadie necesita más ser paciente, que un paciente… sin contar a quienes esperan que Reverte necesite menos de quinientas mil palabras para describir la indumentaria del protagonista. Vale… el plan era, colocar un par de diminutos muellecitos en una de mis arterias, que se ha estrechado provocando el infarto culpable de que os esté dando el coñazo. Ese era el plan, pero los planes no siempre salen bien como en “El equipo A”, y parece ser que mis conductos sanguíneos están demasiado endurecidos por algo llamado triglicéridos, por el colesterol, y por lo tres paquetes de tabaco que conformaban mi media diaria. Desde hace algún tiempo, mi cabeza y mis arterias son lo único que consigo mantener permanentemente duro.

Observación es la parte del hospital que mejor podría inspirar una novela de terror:
Por los pasillos, como callejeando entre la neblina de una aldea desconocida, en medio de algún páramo oscuro, observan… observan y observan… no hacen otra cosa que observar... ¡¡Y olvídate de que la observación te deje pegar ojo!! Todos deambulan, toda la noche. Enfermeras, enfermeros, auxiliares y médicos, hablan entre ellos, hablan con los pacientes, hablan contestando las incesantes llamadas telefónicas. Hablan, hablan y no dejan de hablar… y de observar, claro. Mueven camas, remueven papeles, pulsan las teclas de los ordenadores como si fueran sacos de boxeo; cables, botellas de oxígeno, más camas… Se mueven de un lado a otro, sin parar nunca, alrededor y entre los mostradores centrales, que forman un cuadrado dividido por su mitad. Esa gran sala llega a adquirir apariencia de extraña pista de “Autos de choque”, o “Coches locos”, como los he llamado toda la vida, que no sé a qué demonios viene ahora la pijadita. Las camas, separadas por cortinas, con los pacientes boca arriba, entre monitores, respiradores y tensiómetros, circunvalando los mostradores, parecen coches aparcados a los bordes de la pista. Aparcados y rodeados de timbres de teléfono, fluorescentes que nunca se apagan y charlas que no consigues descifrar… mientras te observan. Nunca una cama cansó tanto.

Miguel es uno de esos mecánicos, que intentan que tu estancia en Observación sea lo menos desagradable posible. Es un gran enfermero y un tipo estupendo, amable y empeñado en contagiar la simpatía que derrocha… pero Planta es Planta: libertad de movimientos en la cama, poder ir al baño en vez de usar una cuña, recibir la visita de tu familia cuando y cuanto quieran, apagar tus propias luces… y Rosa, la enfermera de esta noche, entrando en mi habitación a preguntarme estupefacta, qué demonios escribo todo el tiempo. La curiosidad es uno de los alimentos que hace crecer nuestra esencia; la sonrisa perpetua y la mirada de Rosa, al verme entre folios y cuadernos, es muestra de una esencia bien alimentada ¡¡Además… qué demonios!! Por muy buen tío que sea Miguel, el de observación, y muy políticamente correcto que yo intente parecer, seguro que está mejor, Rosa vestida que Miguel en bolas. Hace un par de horas que terminó el sábado, el domingo será, con suerte, mi penúltimo día aquí. El lunes me darán el alta, y será un gran descanso, sobre todo para mis padres, que se han hecho cargo de mi vida durante estos once días. No hay nada como la familia… sobre todo para hablar de ellos, intentando así, cuanto antes, hacer olvidar mi último comentario sobre Rosa. Al menos, hoy no soñaré con el Dr. Caligari.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

No sabía que habías tenido un infarto. Lo siento mucho, pero me alegra ver que tu sentido del humor e ironía sigue intacto. Te espero de vuelta ya mismo. Mucha salud, compañero.
AiREjaen.

Anónimo dijo...

Desde este lugar de terror, en el que todo se mueve a un ritmo trepidante, los enfermeros/as también hemos tenido un hueco para leer la "Crónica de un infarto anunciado". Sentimos que tu estancia haya sido tan espeluznante. La verdad es que para nosotros no es un placer pasar la noche en vela, observando como los demás duermen o lo intentan. Pero bueno, es reconfortante saber que aún en medio del caos reinante, recuerdas al menos a alguno de nuestros compañeros.
Cuídate si no quieres repetir....jeje

Anónimo dijo...

Niño, yo empezaría a pensarme lo de publicar esto enterito y seguido.
Un placer leerte
Manolo Poy

Ulyses23 dijo...

Conclusión, más planta y menos observación. Mejor aún evitar las estancias en los hospitales. No te voy a pedir que te cuides, eres mayorcito y sé que lo estás considerando. Además...¿ Quienes somos tanto extraño para darte consejos?

Hablando de la observación estupenda descripción del estrés de los enfermos y el del personal sanitario. Tiene que haber formas más humanas de tratar a unos y a otros.

Te seguimos leyendo.

Saludos.